Aquella tarde comprendimos que, desde ese momento, nada volvería a ser igual.
María y yo discutíamos, como tantas otras veces, sobre la influencia negativa que podría afectar su educación.
Pero esta vez, los gritos fueron demasiado lejos.
Entonces, ella se acercó lentamente, con su nieto arropado entre los brazos.
Nos miró a los ojos con una tristeza profunda.
Y, en silencio, se dio la vuelta.
Se marchó.
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