
Desde que nacemos, vamos heredando muchos gestos y costumbres de nuestros padres.
La educación que recibimos se convierte en algo así, como una especie de doctrina personal, e intransferible a seguir.
Siempre intentando enseñarnos esos trucos de vida con los que salir airosos, en esas situaciones difíciles que se nos puedan dar en el tiempo.
Cada uno de nosotros, llegamos con la mente limpia y despejada a este mundo. Pero pronto; y con el ir y venir de nuestra convivencia familiar. Adquirimos esa etiqueta educacional, que para bien o para mal.
Siempre llevaremos colgada de nuestra espalda.
Al principio de nuestras vidas, nuestra capacidad de entendimiento, no nos permite saber qué es lo mejor que nos conviene, a lo largo de nuestra infancia.
Sólo nos limitamos a seguir sus consejos, o bien a acatar sus ordenes; permaneciendo expectantes mientras crecemos, y esperar a ver que pasa.
Y aunque a veces, con nuestros llantos; nuestras caras largas; y nuestros silencios; pretendemos revelarnos llevándoles la contraria.
La obediencia a nuestros padres en el mejor o peor de los casos, de cada historia, o en cada casa.
Es la norma más aconsejable.
O tristemente.
La imposición más tajante, e irremediablemente a seguir.
En pos de un interés común.
Ni que decir tiene; y dependiendo de las costumbres familiares que nos toquen en suerte.
La educación que recibimos cada uno de nosotros durante esos años de adolescencia.
Acabará condicionando gran parte de nuestra actitud en la vida. A la vez que determinará nuestra conducta al enfrentarnos a ella.
Qué, junto a nuestro cada vez más parecido físico a ellos con el paso de los años.
Nos hace.
Y nos hará recordarlos para siempre.










No hay comentarios:
Publicar un comentario